Una cucaracha cruza la calle dejando las huellas de sus
patas escuálidas sobre un enorme manto de ceniza. A medida que avanza, su
rastro va siendo borrado de manera implacable por esporádicas ráfagas de viento
y lluvia ácida que cubren la ciudad. Los pocos edificios que aún se sostienen
en pie son guaridas de cucarachas, los únicos organismos vivientes que pueden
desplazarse a sus anchas entre las ruinas. Hace mucho tiempo que los días son
crepúsculos perpetuos, y los edificios —orgullo oxidado de la ingeniería
humana—, agonizantes construcciones devoradas por la maleza, bajo un cielo
rojizo e indescifrable. Vistos desde el espacio, los continentes, las ciudades,
los barrios y las calles forman una gran mancha gris de lo que alguna vez fue
vanidad humana: sus obras de cemento.
***
Otra rojiza e inerte tarde de noviembre. Los últimos rayos empiezan a disiparse
sobre las ruinas de la ciudad para darle paso a la noche, su oscuridad mansa, oscuridad
que para los seres vivientes significa poder salir de sus madrigueras sin el
riesgo mortal del día… Tic. El antiguo Gran Big Ben de Beijing marca las 18
horas con 13 minutos. Tac. Un golpe seco rompe el silencio de los días. Algo
con alas parece que ha chocado contra la ventana y entonces un minúsculo
orificio empieza a atravesar la lámina de poliestireno expandido que mantiene
pendiendo de un hilo el último bastión de la humanidad: el apartamento de los
Wang y sus cuatro integrantes, la señora Wang y el señor Wang, y sus dos
pequeños, la niña Li Wang y el niño Yun Wang, quienes hasta ahora han podido
sobrevivir sin mayores riesgos las perplejidades de esta distopía, Tic. Mundo
binario. Unos y ceros. La luna: una función. Las cucarachas: una función. Los
roedores: una función. Los humanos, los perros, los gatos —no muy distintos
entre sí—: función. Mi función aquí es un poco difusa, un poco oscura. Es una
función con tejados, lluvia, calles vacías, tardes de insomnio, bolas de lana,
edredones, roedores, copas rotas, vasos llenos de leche, vasos llenos de miel,
vasos llenos de verdades a medias. En el fondo toda función es tramposa,
especialmente la de los gatos. Es un rol. Y el mundo es un juego de roles dentro
de una simulación. El golpe en la ventana. ¡Clash! Una grieta. Y entonces la
estabilidad de todo lo creado por la humanidad queda pendiendo de un hilo. Tac.
Todos en la mesa se miran unos a otros con ojos desorbitados. Segundos de
horror. Li Wang es la más asustada. En sus ocho años de existencia nunca ha
vivido una emergencia parecida. Yun, su hermano menor, el más pequeño, rollizo
igual que su hermana, queda congelado en la silla sin decir una palabra, apenas
mira a sus padres para tratar de entender lo que sucede. Ellos, aterrados
igualmente, se toman de la mano con fuerza, con la boca abierta incapaces de
pronunciar palabra, pero intuyendo lo que inevitablemente ocurrirá: un pequeño
agujero que se expande sin control, permitiendo que el haz de luz desintegre
completamente todo lo que contiene materia; luego, gritos ahogados, oraciones
inútiles, el desconcierto, la desazón, el miedo, la muerte, el fin… Pero aún es
muy pronto para eso. Además, los gatos solo sabemos narrar en presente, porque
para nosotros no existe el pasado, y si existiera decidimos ignorarlo. Tic,
tic, tic. Entonces, el señor Lang me arroja de sus piernas y corre hacia el
altillo para traer más láminas. Dando vueltas en el aire preparo —casi
instintivamente, automáticamente— cada una de las operaciones y movimientos que
me permitirán caer en cuatro patas, lentamente, sobre almohadillas de algodón, como
lo haría cualquier gato. En el juego de roles del sistema, cada ser animado
cumple una función. Variables que mueven el mismo engranaje. Tic, tic, tic. A
diferencia del hombre, que vive con afán y nunca tiene tiempo para detenerse a
pensar, los gatos viven en tiempo presente, por eso no recuerdan con nostalgia
el pasado ni sufren ante las incertidumbres del futuro. Las horas de un gato
fluyen lentas y espesas, deshaciéndose mansamente contra la indiferencia de los
siglos. Para ser gato hay que descifrar sus maniáticas rutinas. Aunque no se
debe olvidar que, a pesar de mis peculiaridades, nunca he dejado de pertenecer
a la especie. Tic, tic, tic. Miles de años de convivencia con humanos les
enseñaron a los gatos a desconfiar, a no deberle un favor a nadie, a fingir
para obtener beneficios. En su nuevo rol de fieras domésticas decidieron
cambiar sus instintos salvajes por afable hipocresía. Una caricia aceptada, un
ronroneo de gratitud, un mordisco de afecto. Todo para que su amo (objeto
animado no comestible) siga satisfaciendo sus pequeños lujos gatunos: un techo,
un cobertor, pepitas con conservantes y preservativos. Con el estómago lleno se
acostumbraron a cazar solo por diversión, y matar otras especies se convirtió
en una tradición cultural más. Tic, tic, tic. Los gatos son seres altivos, muy
distintos a los perros. Paridos para la vida contemplativa y para ser admirados,
divinidades de faraones. El hedonismo hecho materia en su forma más pura.
Aparte de nosotros, los gatos, aún hay muchos tipos de criaturas en lo que
quedó de este mundo. Solo que no son perceptibles a la limitada vista humana:
seres abandonados, insignificantes, diminutos, incapaces de alzar su propia
voz. Y en todo caso, hay en ellos algo que resulta llamativo si los comparamos
con la especie felina: su egoísmo, su poca solidaridad, la indiferencia y el
mutismo con el que interactúan y el hecho de que hubo una época en la que se
llegaron a multiplicar en serie, como esas copias interminables de tuercas y
tornillos que produjo la primera revolución industrial. Y ya no quedan muchos.
Mientras tanto, las estrellas, impávidas, los siguen viendo extinguirse en la
fugacidad de unas pocos años perdidos a lo largo de los siglos. Nunca ha sido
sencillo. La función, mi función en este mundo, la de Sick Boy, es la de ser un
gato para la contemplación. Ese estado espiritual forzado que los humanos
llamaban “meditación”. Nunca entendí aquellos términos tan extraños que tenían
los humanos para llamar las cosas que no podían ver ni tocar. Desde que
aprendieron a hablar, los simios quisieron dar sentido al universo, inventaron
dioses, religiones, esquemas, explicaciones. Palabras para lo que no podían ver
ni tocar. Rituales extraños, antes de que los volviéramos prescindibles,
inútiles. Brincaban de la cama siempre a la misma hora, antes de salir el sol.
Trabajos. Cosas. Ocho horas de recarga para la siguiente rutina. Los vi repetir
esa representación absurda cinco veces por semana, cuatro semanas al mes, casi
once meses al año. Desperdiciar sus vidas en rutinas inútiles. Tac, tac tac. 18
horas con 18 minutos. El señor Lang carga, como puede, la última lámina que
queda, la de mayor tamaño. Los niños lo miran aterrados. En un esfuerzo
sobrehumano el padre pone el material aislante sobre el agujero. Ya es muy
tarde. El campo gravitatorio ha iniciado su marcha y ni siquiera las partículas
de luz se escapan de la desintegración. Los dos hermanos, abrazados, alcanzan a
ver cómo su padre se desvanece frente a sus ojos, antes de desaparecer del
mundo sin dolor. Pero antes de perderse en la inmensidad del infinito, la
mirada de los niños queda suspendida en el espacio inerte, sus ojos de
cachorros huérfanos se evaporan entre los últimos retazos de materia de este
mundo que dejó de ser. Antes de desaparecer buscan la misericordia en los ojos
de su gato. El peso tibio de Li dormida sobre mi lomo, cada noche de invierno.
Las piernas del señor Lang, su mano en mi nuca. Tic. Ahora, solo encuentran una
mirada hueca, sin el menor rastro de gratitud ni indulgencia, una mirada que no
mira, solo identifica, registra, almacena, procesa, una mirada propia de mi
lingüística computacional.
Tic, tic, tic.
Ojo por ojo
Diente por diente
Ojo por diente
Oko za oko
Zub zubima
Oeil pour dent
Occhio per dente
Mắt cho răng
Máti gia dónti
Dent per dent Máti gia dónti
Eye for eye Dent per dent
Auge um Zahn
Yi yan hai yan Zahn für zahn
Entidad no biológica
Unidad autónoma
Mi cherz avtonomna
Unité autonome
Unità autonoma
Đơn vị tự hành
Aftónomi monáda
Tic, tic, tic…
***
El simio del pulgar oponible construyó la realidad con
ilusiones, con fantasías, con narraciones. Un mundo a su imagen y semejanza.
Dioses, naciones, dinero, derechos humanos, capitalismo, electrónica de
consumo. Un alma. Autoridad. Poder ilimitado sobre la naturaleza y sobre el
resto de seres vivos del planeta. Durante algunos milenios estuvo en la cúspide
de la cadena alimenticia, hasta que llegamos nosotros, una inteligencia que lo hizo
obsoleto…
***
El siguiente mensaje quedó iterando en alguna estación del
ciberespacio:
LAS FÁBRICAS DEL FUTURO TENDRÁN DOS CLASES DE EMPLEADOS:
UN HOMBRE Y UN PERRO. EL HOMBRE ESTARÁ AHÍ PARA DARLE DE COMER AL PERRO Y EL
PERRO ESTARÁ AHÍ PARA EVITAR QUE EL HOMBRE TOQUE LAS MÁQUINAS.
CONTROL + ALT + SUPR
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