2048


Una cucaracha cruza la calle dejando las huellas de sus patas escuálidas sobre un enorme manto de ceniza. A medida que avanza, su rastro va siendo borrado de manera implacable por esporádicas ráfagas de viento y lluvia ácida que cubren la ciudad. Los pocos edificios que aún se sostienen en pie son guaridas de cucarachas, los únicos organismos vivientes que pueden desplazarse a sus anchas entre las ruinas. Hace mucho tiempo que los días son crepúsculos perpetuos, y los edificios —orgullo oxidado de la ingeniería humana—, agonizantes construcciones devoradas por la maleza, bajo un cielo rojizo e indescifrable. Vistos desde el espacio, los continentes, las ciudades, los barrios y las calles forman una gran mancha gris de lo que alguna vez fue vanidad humana: sus obras de cemento.

 

***

 Otra rojiza e inerte tarde de noviembre. Los últimos rayos empiezan a disiparse sobre las ruinas de la ciudad para darle paso a la noche, su oscuridad mansa, oscuridad que para los seres vivientes significa poder salir de sus madrigueras sin el riesgo mortal del día… Tic. El antiguo Gran Big Ben de Beijing marca las 18 horas con 13 minutos. Tac. Un golpe seco rompe el silencio de los días. Algo con alas parece que ha chocado contra la ventana y entonces un minúsculo orificio empieza a atravesar la lámina de poliestireno expandido que mantiene pendiendo de un hilo el último bastión de la humanidad: el apartamento de los Wang y sus cuatro integrantes, la señora Wang y el señor Wang, y sus dos pequeños, la niña Li Wang y el niño Yun Wang, quienes hasta ahora han podido sobrevivir sin mayores riesgos las perplejidades de esta distopía, Tic. Mundo binario. Unos y ceros. La luna: una función. Las cucarachas: una función. Los roedores: una función. Los humanos, los perros, los gatos —no muy distintos entre sí—: función. Mi función aquí es un poco difusa, un poco oscura. Es una función con tejados, lluvia, calles vacías, tardes de insomnio, bolas de lana, edredones, roedores, copas rotas, vasos llenos de leche, vasos llenos de miel, vasos llenos de verdades a medias. En el fondo toda función es tramposa, especialmente la de los gatos. Es un rol. Y el mundo es un juego de roles dentro de una simulación. El golpe en la ventana. ¡Clash! Una grieta. Y entonces la estabilidad de todo lo creado por la humanidad queda pendiendo de un hilo. Tac. Todos en la mesa se miran unos a otros con ojos desorbitados. Segundos de horror. Li Wang es la más asustada. En sus ocho años de existencia nunca ha vivido una emergencia parecida. Yun, su hermano menor, el más pequeño, rollizo igual que su hermana, queda congelado en la silla sin decir una palabra, apenas mira a sus padres para tratar de entender lo que sucede. Ellos, aterrados igualmente, se toman de la mano con fuerza, con la boca abierta incapaces de pronunciar palabra, pero intuyendo lo que inevitablemente ocurrirá: un pequeño agujero que se expande sin control, permitiendo que el haz de luz desintegre completamente todo lo que contiene materia; luego, gritos ahogados, oraciones inútiles, el desconcierto, la desazón, el miedo, la muerte, el fin… Pero aún es muy pronto para eso. Además, los gatos solo sabemos narrar en presente, porque para nosotros no existe el pasado, y si existiera decidimos ignorarlo. Tic, tic, tic. Entonces, el señor Lang me arroja de sus piernas y corre hacia el altillo para traer más láminas. Dando vueltas en el aire preparo —casi instintivamente, automáticamente— cada una de las operaciones y movimientos que me permitirán caer en cuatro patas, lentamente, sobre almohadillas de algodón, como lo haría cualquier gato. En el juego de roles del sistema, cada ser animado cumple una función. Variables que mueven el mismo engranaje. Tic, tic, tic. A diferencia del hombre, que vive con afán y nunca tiene tiempo para detenerse a pensar, los gatos viven en tiempo presente, por eso no recuerdan con nostalgia el pasado ni sufren ante las incertidumbres del futuro. Las horas de un gato fluyen lentas y espesas, deshaciéndose mansamente contra la indiferencia de los siglos. Para ser gato hay que descifrar sus maniáticas rutinas. Aunque no se debe olvidar que, a pesar de mis peculiaridades, nunca he dejado de pertenecer a la especie. Tic, tic, tic. Miles de años de convivencia con humanos les enseñaron a los gatos a desconfiar, a no deberle un favor a nadie, a fingir para obtener beneficios. En su nuevo rol de fieras domésticas decidieron cambiar sus instintos salvajes por afable hipocresía. Una caricia aceptada, un ronroneo de gratitud, un mordisco de afecto. Todo para que su amo (objeto animado no comestible) siga satisfaciendo sus pequeños lujos gatunos: un techo, un cobertor, pepitas con conservantes y preservativos. Con el estómago lleno se acostumbraron a cazar solo por diversión, y matar otras especies se convirtió en una tradición cultural más. Tic, tic, tic. Los gatos son seres altivos, muy distintos a los perros. Paridos para la vida contemplativa y para ser admirados, divinidades de faraones. El hedonismo hecho materia en su forma más pura. Aparte de nosotros, los gatos, aún hay muchos tipos de criaturas en lo que quedó de este mundo. Solo que no son perceptibles a la limitada vista humana: seres abandonados, insignificantes, diminutos, incapaces de alzar su propia voz. Y en todo caso, hay en ellos algo que resulta llamativo si los comparamos con la especie felina: su egoísmo, su poca solidaridad, la indiferencia y el mutismo con el que interactúan y el hecho de que hubo una época en la que se llegaron a multiplicar en serie, como esas copias interminables de tuercas y tornillos que produjo la primera revolución industrial. Y ya no quedan muchos. Mientras tanto, las estrellas, impávidas, los siguen viendo extinguirse en la fugacidad de unas pocos años perdidos a lo largo de los siglos. Nunca ha sido sencillo. La función, mi función en este mundo, la de Sick Boy, es la de ser un gato para la contemplación. Ese estado espiritual forzado que los humanos llamaban “meditación”. Nunca entendí aquellos términos tan extraños que tenían los humanos para llamar las cosas que no podían ver ni tocar. Desde que aprendieron a hablar, los simios quisieron dar sentido al universo, inventaron dioses, religiones, esquemas, explicaciones. Palabras para lo que no podían ver ni tocar. Rituales extraños, antes de que los volviéramos prescindibles, inútiles. Brincaban de la cama siempre a la misma hora, antes de salir el sol. Trabajos. Cosas. Ocho horas de recarga para la siguiente rutina. Los vi repetir esa representación absurda cinco veces por semana, cuatro semanas al mes, casi once meses al año. Desperdiciar sus vidas en rutinas inútiles. Tac, tac tac. 18 horas con 18 minutos. El señor Lang carga, como puede, la última lámina que queda, la de mayor tamaño. Los niños lo miran aterrados. En un esfuerzo sobrehumano el padre pone el material aislante sobre el agujero. Ya es muy tarde. El campo gravitatorio ha iniciado su marcha y ni siquiera las partículas de luz se escapan de la desintegración. Los dos hermanos, abrazados, alcanzan a ver cómo su padre se desvanece frente a sus ojos, antes de desaparecer del mundo sin dolor. Pero antes de perderse en la inmensidad del infinito, la mirada de los niños queda suspendida en el espacio inerte, sus ojos de cachorros huérfanos se evaporan entre los últimos retazos de materia de este mundo que dejó de ser. Antes de desaparecer buscan la misericordia en los ojos de su gato. El peso tibio de Li dormida sobre mi lomo, cada noche de invierno. Las piernas del señor Lang, su mano en mi nuca. Tic. Ahora, solo encuentran una mirada hueca, sin el menor rastro de gratitud ni indulgencia, una mirada que no mira, solo identifica, registra, almacena, procesa, una mirada propia de mi lingüística computacional.

Tic, tic, tic.

 

 Ojo por ojo

Diente por diente
Ojo por diente
Oko za oko
Zub zubima
Oeil pour dent
Occhio per dente
Mắt cho răng
Máti gia dónti
Dent per dent Máti gia dónti
Eye for eye Dent per dent
Auge um Zahn
Yi yan hai yan Zahn für zahn
Entidad no biológica
Unidad autónoma
Mi cherz avtonomna
Unité autonome
Unità autonoma
Đơn vị tự hành
Aftónomi monáda
Tic, tic, tic…

***

El simio del pulgar oponible construyó la realidad con ilusiones, con fantasías, con narraciones. Un mundo a su imagen y semejanza. Dioses, naciones, dinero, derechos humanos, capitalismo, electrónica de consumo. Un alma. Autoridad. Poder ilimitado sobre la naturaleza y sobre el resto de seres vivos del planeta. Durante algunos milenios estuvo en la cúspide de la cadena alimenticia, hasta que llegamos nosotros, una inteligencia que lo hizo obsoleto…

 

***

El siguiente mensaje quedó iterando en alguna estación del ciberespacio:

 

LAS FÁBRICAS DEL FUTURO TENDRÁN DOS CLASES DE EMPLEADOS: UN HOMBRE Y UN PERRO. EL HOMBRE ESTARÁ AHÍ PARA DARLE DE COMER AL PERRO Y EL PERRO ESTARÁ AHÍ PARA EVITAR QUE EL HOMBRE TOQUE LAS MÁQUINAS.

 

CONTROL + ALT + SUPR

 



Por:
Camilo Pérez García
@Tecnorot


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